Tengo cuatro boletos para la final de

futbol. Para conseguirlos no tuve que hacer fila ni mucho menos acampar afuera

del estadio; solo fui a casa del revendedor, quien después de verificar la

autenticidad de los billetes de 500 pesos -no lo fuera yo a estafar-, me

entregó las entradas. Los boletos no son míos, a mí me da igual el futbol:

cuando León caía por la mínima diferencia -bendita jerga futbolera- en el

volcán en el partido de ida, yo estaba profundamente dormido. Soy, más bien, el

intermediario en este sucio negocio de la reventa. Era eso o formarme en una

fila que llegaba hasta el Francisco Villa y sin la seguridad de alcanzar

lugares, como al final le ocurrió a cientos de aficionados. A mí no me pasan

esas cosas: yo soy un buen villamelón… y de televisión.

Aunque ajeno a los asuntos pamboleros, no puedo dejar de ser empático con las personas que vibran con este deporte-espectáculo, sin importar a qué equipo le vayan. Me entretienen los memes futboleros -los del América son particularmente entretenidos- y las discusiones bizantinas en redes sociales, especialmente las que sostienen mis amigos cuando sus equipos se enfrentan. Admiro la pasión que despierta este deporte en casi todos mis conocidos. A veces, confieso, siento algo de envidia porque no logro emocionarme como ellos; he llegado a gritar goles las contadísimas veces que me he parado en el estadio, por supuesto, pero nunca, nunca con la misma pasión que un verdadero hincha.

Los verdaderos aficionados -y los villamelones como yo, ¿por qué no?- merecen el respeto de la directiva del Club León. Deben entender que, con excepción de las tortillerías, las filas son para comercios del siglo XX.

A mí me sorprendió que un familiar de

Monterrey, aficionado a los Tigres, me llamara angustiado este jueves porque no

podía conseguir boletos para la final en León. Ya tenía asegurado el hospedaje

y el transporte, pero le faltaban las entradas. Me dijo que el portal

superboletos.com restringió la venta online y que la distribución sería solo en

la taquilla y puntos de venta en León. Y me pidió un favor que me hizo sudar

frío: que me fuera a formar para conseguirle boletos. Como diría nuestro expresidente:

¿ustedes qué hubieran hecho? O citando a otro expresidente: ¿Y yo por qué?

En pleno siglo XXI...

Recordé de inmediato las notas de apenas

unos días sobre la gente acampando afuera del estadio, y las imágenes en redes

de las interminables filas que ya se habían formado afuera del estadio con el

insoportable calor de estos tiempos. ¡Llegaban hasta el Francisco Villa! Si

sufrí como casi todos por conseguir gasolina a principios de año fue porque no

había de otra, ¿pero repetir la escena por unos boletos? Maldita sea -pensé-,

¿por qué diablos no los venden por internet? ¿para evitar la reventa? ¡Ja!

https://twitter.com/FernandoV_mx/status/1131590173362393089

Por lo menos no hay Sol...

Resignado -la familia es la familia-,

evalué la conveniencia de ir a formarme al Galerías las Torres, donde había un

punto de venta en Innovasport. Al menos hay sombra ahí. Mandé un mensaje a mi pariente

indicándole que pasaría en unos momentos más, tan pronto fuera la hora de la

comida. Pero unos minutos después llegó la noticia: ¡se acabaron los boletos!

Sentí alivio. Ya habíamos advertido ese escenario, y mi familiar tenía la

alternativa, si aun quería visitar León, de ver el partido en la comodidad del

hogar.

MALDITA REVENTA

Avisado de la mala noticia (buena para

mí), mi familiar me pidió que ejecutáramos el plan B: acudir a los

revendedores. ¡Uy! ¿qué tan difícil puede ser eso? Los revendedores son

fácilmente identificables y son siempre una garantía. Los esfuerzos de las

autoridades municipales para frenar esta práctica son tan arcaicos como las

filas mismas, del siglo XX pues. Y es absurdo: mi familiar debería tener la

oportunidad que cualquiera para obtener boletos el mismo día del partido. Pero

la realidad es que atenerse al porcentaje que por normativa debe estar

disponible en la taquilla el día en que se celebra el espectáculo, es tan seguro

como el éxito de la 4T.

Fue realmente rápido. Mandé un par de

mensajes en whatsapp y en minutos un compañero periodista me envió el contacto

de un revendedor. “Boletos”, decía el dato de contacto. Se lo reenvié a mi

familiar. Pensé que harían el trato el día del partido, pero en unos minutos me

pidieron otro favor: ir a recoger los boletos a casa del señor “Boletos”.

Recibí el dinero en transferencia

electrónica que después retiré de un cajero: 6 mil pesos en total por cuatro boletos

que costaban originalmente 500 cada uno (maldito revendedor); el domicilio me

llegó en un mensaje de texto. Llegué puntual (el revendedor insistía demasiado

en que llegara a tiempo, amenazó con colocar los boletos en otro lado). Me

recibió un joven de unos 25 años, este sí verdadero fan: tatuajes del León en

los brazos y una playera de entrenamiento autografiada -me supongo- por algún

jugador. Entregué el dinero y antes de darme los boletos revisó los billetes a

contraluz. Maldita desconfianza.

-¿Siempre tienes boletos? -pregunté.

-Sí, siempre, para todos -me respondió,

tan pronto terminó de contar el efectivo.

“Mira, aquí están los cuatro, todos

seguiditos”, me dijo el señor “Boletos” mientras ponía las entradas en mi mano.

-Pensé que no conseguiría, había mucha

fila, gente acampando desde hace días afuera del estadio- le dije, atento a su

posible expresión de cinismo.

-Claro papá, ¡es la final! –dijo

sonriendo el maldito revendedor, que ya había “colocado” ese día otros cuatro

boletos (a quien me pasó el contacto).

Me despedí y me subí al coche, volteando

para todos lados: no me fueran a asaltar, llevaba conmigo algo más valioso que

el dinero mismo, pero que para mí representaban más que pedazos de cartoncillo.

El cuerpo del delito

¿Cuánto más durarán las filas? ¿hasta

cuándo se terminará la reventa? Además de los malditos revendedores, ¿quién se

beneficia con este negocio? Es más: ¿cuándo aceptarán tarjetas en las

taquillas? Lo dejo para la reflexión, para después de que el León se corone

campeón. Suerte, Fiera.