Los textos de Martín Caparrós combinan la
frialdad de los números con la elegancia de las palabras bien escogidas, aunqueeso no basta para contar una buena historia. Para ello se requiere algo más:saber de qué hablar.Su método se resume en tres palabras:
averiguar, pensar y contar. Suena sencillo, porque así es en realidad… ¿o no? Dichocon sus palabras: “es tratar de encontrar aquello que vale la pena de sercontado y de encontrar la forma de contarlo”. Y ahí es donde está lo complejo.Para él, contar buenas historias es fácil
y complicado, como lo es el periodismo.Pero Caparrós lo hace parecer solamente fácil. Claro, a sus 62 años y con 45 de experiencia en el oficio (bien ejercido, por supuesto) es capaz de criticar en 600 palabras el nombre erróneo de los ‘teléfonos inteligentes’ por derivar de la mala traducción del inglés smartphone -mala traducción y exceso de tontería, a su juicio-, o contar en 12 mil por qué México es una ciudad desbocada.
Ahora está en León. Vino a la Feria
Nacional del Libro (Fenal), y aunque llegó el lunes 29 por la noche, almediodía del martes todavía no estaba en realidad aquí: nadie le había habladoaún de las guacamayas o las cebadinas -que forman parte del ADN de la ciudad- ymucho menos las había probado. Estaba, pues, en León, pero todavía no lavisitaba.Pensaba, como todo el que pisa esta
ciudad por primera vez, que las guacamayas eran unos pájaros y las cebadinas… bueno,su descripción no ayuda para invitar a los primerizos a probarla. Esentendible: ¿a quién se le antoja una bebida con base de cebada a la que se leagrega bicarbonato de sodio? “Suena horrible”, dice. Pero la guacamaya esdiferente, ¿cómo decir que no a una torta? “Esta tarde me voy a comer una”,adelanta.Sabe, porque lo ha dicho, que la
singularidad mexicana se encuentra precisamente en los dos grandes artes de laboca: el lenguaje y la comida. Solo así puede conocer realmente la ciudad de unpaís que tiene tantas palabras como platillos que son desconocidos en cualquierotra parte del continente -aunque se comparta el mismo idioma-.Con cero kilómetros recorridos en la ciudad (se hospeda a un costado de la Feria), Caparrós tenía una apretada agenda que incluía un puñado de entrevistas (de 15 minutos cada una), y mucho trabajo por delante: este miércoles participa en la Fenal para hablar sobre los relatos que nacen de los viajes del siglo XXI junto con Jordi Carreón, y el jueves vuela a Miami para continuar con su serie de crónicas sudacas, que publica en El País.
Por eso en entendible que la sonrisa del
periodista argentino -enmarcada por su emblemático bigote imperial- encierre enrealidad algo de fastidio. Piensa que es la última entrevista de la primeramitad del día (en realidad le falta una más), una docena en total para lajornada previa a su intervención del miércoles en la Feria Nacional de Libro deLeón. Aún así el también historiador y escritor recibe amablemente a cadareportero para hablar de lo que ellos quieran.Confiesa que le cuesta trabajo hablar de la política mexicana por falta de contexto. No se arriesga, pues, a juzgar de tontos a quienes votaron en masa por Andrés Manuel López Obrador como sí lo sugirió en su análisis para The New York Times de los españoles que empujaron el avance de la izquierda en las recientes elecciones de aquel país.
LAPRENSA FIFÍ
Sin embargo, sí conoce el estilo de López
Obrador. Ha visto, por ejemplo, cómo algunos gobiernos (del populismolatinoamericano) se enfrascan en pleitos con un sector de la prensa como unaestrategia fácil para obtener una ventaja inmediata: deslegitimar las críticas.“El gobierno de turno al hacer eso
deslegitima la posibilidad de informar de esos medios, porque los pone en elrol del enemigo y por supuesto lo que diga el enemigo ¿cómo le vas a creer?”,explica.Es algo como lo que ocurre con las
diferencias del presidente con lo que el propio López Obrador llama la prensa fifí. Es el caso del periódico Reforma.Pero existe un riesgo, que advierte el periodista argentino: “es una buenajugada, pero yo creo que una buena jugada que se les volvió en contra a muchosde ellos, cuando la realidad empezó a no acompañar lo que decían estosgobernantes.“Si no se producen los cambios que tantos
mexicanos están esperando, entonces esta pelea se le va a volver en contra,creo, a López Obrador”, advierte.LEER,LEER Y LEER
Más allá de pleitos con el poder en
turno, el periodista deja un consejo para las nuevas generaciones de reporteros:“Por supuesto que lean mucho. Lo que sea, no necesariamente libros, pero quelean porque esa es la materia con la que por ahora estamos contando”.Parece una obviedad, pero los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) revelan que los lectores en México son una especie en peligro de extinción: en los últimos cinco años el porcentaje de población que leyó algún libro, revista, periódico, blog o páginas de internet, se redujo 10 puntos porcentuales (84.2% en 2015 contra 74.8% en 2019). Cada mexicano leyó en promedio 3.3 libros el último año.
Sin leer es imposible explicar la
realidad. Para su próxima crónica, Caparrós hablará sobre Miami y antes deponer pie en el extremo sureste de Florida, Estados Unidos, el periodistaargentino ya devoró libros, datos y reportajes para saber con quién hablar yqué decir.“He leído dos o tres libros, he leído
muchos reportajes y demás, y entonces voy tomando notas de cosas que me pareceninteresantes (…) en cuanto pueda me voy a sentar y voy a ordenar todas esasnotas para ver ya definitivamente qué quiero hacer pasado mañana (este jueves) cuandollegue.“Después es ir a mirar, mirar todo lo
posible, ver qué vale la pena de ser contado y sobre qué cosas se me ocurrenformas interesantes de hacerlo, es salir, sobre todo es salir y buscar y tratarde encontrar aquello que vale la pena de ser contado y de encontrar la forma decontarlo”, explica.¿Y qué es lo que más disfruta de todo
esto? Simple: “lo que más me gusta es andar con un poco sin rumbo por una ciudady tratar de mirar cosas que me interesan, y entonces de vez en cuando se meocurre algo, una idea, algo que me sugirió algo que vi, y eso me da muchoplacer: cuando creo que vi algo, que entendí algo, después me doy cuenta queera una tontería, pero en el momento en que sucede me da mucho placer”.Así de sencillo -y complejo- es el método
Caparrós.