Ya nos quedó claro que el ‘huachicoleo’

es un problema que nos afecta a todos. Lo sufrimos en la kilométrica fila para

surtirnos de algo de gasolina y así poder continuar con nuestra rutina:

trabajar para (sobre)vivir.

El desesperante e inédito desabasto nos

llevó a cuestionar la eficacia de las acciones emprendidas por el gobierno de

Andrés Manuel López Obrador. ¿Fue una estrategia o una ocurrencia? Aún falta

información para poder emitir un juicio, pero lo cierto es que la escasez,

provocada por el cambio en el método de distribución de los combustibles, nos

acercó a un problema que nos resultaba distante... al cerrar los ductos abrimos

los ojos.

¿Y ahora qué? No sólo se trata de

combatir el robo de combustible. Eso es parte de un problema aún mayor que, ese

sí, no alcanzamos a distinguir como ciudadanos comunes.

Tiene que ver con nuestra gran

dependencia a los combustibles fósiles por encima de las energías limpias; con

sistemas de movilidad que no están ajustados a la realidad de las ciudades,

vamos, incluso con nuestros malos hábitos al volante y lo que esto implica en

litros de gasolina desperdiciados.

El problema también está relacionado con

políticas públicas: la reforma energética que no termina de gustar pero que

permitió la llegada de Mobil y sus ferrotanques, aunque eso nos regresa

nuevamente a nuestra dependencia a los combustibles fósiles.

Tiene que ver con la corrupción y la

inseguridad. Funcionarios, políticos y empresarios tejieron una red de

complicidades para poder saquear a Pemex, dejando a su paso un reguero de

sangre que ha ido incrementando año con año, pero que nos resultaba ajeno:

teníamos los ojos cerrados.

Insisto, no sé aún si Andrés Manuel López

Obrador hizo bien o mal al cerrar los ductos (que ha ido abriendo

paulatinamente), pero es claro que tenemos que repensar muchas cosas: la

movilidad, la seguridad (en caso de que la estrategia resulte, ¿a qué se

dedicarán ahora los ‘huachicoleros’?), las leyes (¿el robo de combustible debe

ser delito grave?), las instituciones penitenciarias y sus modelos de

reinserción social, entre muchos otros aspectos.

Sé que esto llevará tiempo. Debe ser así:

soluciones a problemas arraigados no pueden ser rápidas si esperamos que sean

efectivas. El reto está en identificar el problema principal y todas sus

complejidades, y atacarlo integralmente. Y en esto la ciudadanía es pieza

clave.

Así como cerrar ductos no parece ser una buena solución para combatir el robo de combustibles (a la espera de confirmar su efectividad), tampoco lo es el cerrar calles para atacar la inseguridad, y aún así los vecinos se organizan para bloquear las entradas y salidas a sus colonias con tambos llenos de concreto o mallas ciclónicas, con o sin permiso de la autoridad. ¿Soluciones lentas? Bienvenidas, queremos escucharlas. Ahora es cuando: tenemos los ojos bien abiertos.

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